Amigos que te hacen volar: Guille

De nuevo la musa me llega de manos de la muerte. Tuve que sentir el peso de la despedida que nunca llegará para hablarle a alguien que se fue y a quien siempre esperé que reencontraría de nuevo.
Guille, mi vecino que aunque me llevaba tan solo cuatro años, parecía que jamás llegaría a ser mi amigo. Lo conocí aproximadamente desde que tenía cinco años. Quizá antes.


Un descansito antes de llegar al río  

Cuando yo tenía unos diez años, ocupaba el pasillo del piso ocho donde quedaban nuestros departamentos y los colmaba de juguetes con mis amiguitas, mientras que él llegaba con su cabello por los hombros y sus amigos de la residencia (generalmente Leo y Edmanuel) a tocar Nirvana con el amplificador. 

No recuerdo si me aturdía la música. No creo. Pero sí recuerdo que los adolescentes reían por tener que franquear las Barbies y los vestidos como si fueran minas explosivas.
Luego, me volví adolescente y nos emparejamos matemáticamente hablando. No en el sentido amoroso. Hubo momentos en que compartí con él momentos intermitentes de complicidad por motivos más pragmáticos que el amor. Recuerdo que una vez me pidió que lo acompañara a Ccs a una aventura que para él era tan sólo una diligencia. Para mí fue emocionante en todo sentido porque no era de salir sin mis padres lejos de San Antonio.

Guille siempre fue protector conmigo aunque no era un santo. Me hablaba claro y podía confiar en él. Siempre me lo demostró.
Luego se mudó a Ccs y la primera vez que me lo encontré por casualidad, estaba con Sofi y ya había nacido Diego. Era un bebé flaquito que rápidamente crecería y se haría un guapísimo galán. Esa vez estábamos en el Mall Sambil y no intercambiamos números pero siempre el destino nos ponía de frente. Para mí era causalidad.
Pasaron muchas veces, y al contrario de la mayoría de las amistades la confianza y el cariño se mantenía a pesar de la distancia y la intermitencia de los encuentros.  Lo cierto es que Guille era un ser con una alegría infinita. Me hacía reír demasiado y me escuchaba mis cuitas con atención.



Una vez nos fuimos a Cepe, una playa paradisíaca y solitaria a la que sólo se llega en peñero, no se puede por tierra, ahí nos fuimos con dos carpas, y nuestros dos hijos: Los cuatro jugamos con las olas y la arena, caminábamos hacia el río, comíamos frutas, vimos un obni que nos hizo correr a los cuatro por toda la playa porque jugaba con nosotros. Una estrella gigante que volaba, se paraba, volvía a avanzar, se devolvía. Los cuatro fuimos testigos de eso y nadie más. Esa misma noche vimos un halo de luz alrededor de una luna llena. Qué playazo. 



Siempre era legendario salir con Guille. Una vez me invitó a Todasana con sus mejores amigos de infancia. En ese viaje de un día nos paramos en varias playas de la costa de la Guaira hasta llegar al monte para adentro. Vimos la vía láctea en la carretera obscura. El cielo lleno de estrellas más increíble que había visto. Eso después de correr olas y lanzarme de un pequeño alcantilado en un río. Él me convenció y fui feliz gritando mientras caía al agua confiada. 


Naho y Diego en Cepe

Era una bonita amistad y ya hace tres años que partió tranquilamente, creo, en Costa Rica. Estoy segura que está bien porque su alma es bonita. 

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